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Homilía Jubilar

Homilía del Cardenal Fernando Chomali

Homilía del Cardenal Fernando Chomali en la celebración de los 100 años de las Hermanas de María de Schoenstatt en Chile.

Cardenal Fernando Chomali
Celebración de los 100 años de las Hermanas de María de Schoenstatt · 5 de septiembre de 2026 · Santuario Bellavista de La Florida.

“Gracias, hermanas, por su trabajo silencioso, pero muy fecundo en la Iglesia.”

Es una alegría inmensa estar hoy celebrando esta Santa Misa, en la que las Hermanas de María de Schoenstatt celebran 100 años.

El año pasado, por estas fechas, recibí una invitación de las hermanas para que las fuera a visitar. Me entregaron de manera muy solemne una carta en la cual me invitaban a celebrar esta Misa (risas). Con eso quiero decir que detrás de esta Eucaristía hay mucho trabajo, hay mucho amor, hay mucha dedicación, porque aman profundamente su comunidad.

Hace dos meses me enviaron el guion de la Misa y ocurrió algo que nunca había visto en mi vida: venía con la prédica incluida (risas). Cosa que demuestra algo muy profundo: que tienen una clara identidad.

Y durante este tiempo he pensado respecto de ellas, he visto sus informaciones, y me llamó profundamente la atención algo que nosotros hemos olvidado. Lo primero que dice la página de ellas es que son un grupo de personas que aspiran a la santidad. Lo encontré muy hermoso.

Nosotros hemos olvidado que nuestra vocación última es la vocación a la santidad. A veces estamos demasiado preocupados de hacer cosas, pero no necesariamente estamos preocupados u ocupados de hacer la voluntad de Dios. Y eso me interpeló profundamente.

Y después, ¿cómo lograr eso? Lo hacen a través de María. Hay una profunda reflexión en torno a la Madre de Dios que bien vale la pena recordar hoy.

En primer lugar, una mujer humilde. Y creo que una de las características de esta comunidad es que es una comunidad humilde: su manera de actuar, su manera de ser, su manera de vincularse con la sociedad.

En segundo lugar, comprender que María es un gran modelo para llegar a Jesucristo. María es la primera redimida. Todo aquello a lo que nosotros aspiramos —ser santos, ser puros, ser generosos— ella lo vivió, porque fue concebida sin el pecado original. Toda la aspiración que tenemos de encontrarnos con Dios, María la vivió porque fue la primera redimida y porque ella fue asunta al cielo en cuerpo y alma para encontrarse con el Señor. Es decir, ellas se han aferrado a un gran árbol para llegar a Jesucristo.

¿Y cómo viven eso? Lo viven con una consagración, con una promesa que hacen pública; una promesa que nada absolutamente contracorriente. Y creo que, si hay una característica de la Iglesia hoy, es que nada a contracorriente. Y mientras más nada a contracorriente, más aparece su belleza.

Decir públicamente que quieren vivir pobremente. Hoy en día nadie quiere ser pobre, nadie quiere vivir pobremente.

Además, dicen públicamente que quieren vivir una obediencia filial. Hoy en día nadie quiere ser obediente. Hoy es el emerger de la subjetividad, el individualismo: primero yo, segundo yo.

Finalmente, quieren vivir virginalmente para entregarse todas enteras a la obra del Señor y al apostolado.

Por lo tanto, estamos en presencia de personas que han descubierto el corazón de la vida cristiana que es llegar a Cristo a través de un modelo maravilloso que es María.

Si a mí me preguntaran: “¿Cómo podría definir usted la Iglesia?”, yo diría: la Iglesia es un gran jardín. Un jardín que tiene árboles preciosos, grandes, frondosos; tiene pasto muy verde, pero también tiene pasto seco; tiene arbustos que no se ven como quisieran. Y yo me atrevo a decir que las hermanas son un gran árbol dentro de este jardín, porque tienen raíces muy sólidas, que se han ido consolidando durante estos 100 años.

Y pensaba: ¿cuántas conversaciones habrán tenido, en primer lugar, con el Señor? Cien años de oración por cada uno de nosotros. Cien años de una comunidad que reza incesantemente.

¿Cómo se puede calcular eso? ¿Cómo se puede medir eso? Absolutamente de ninguna manera. Pero tiene un impacto notable. Personas que, mientras nosotros estamos en el ajetreo diario, están rezando desde el corazón de María por el mundo.

Por eso, lo primero que me surgía cuando veía este esfuerzo por esta Misa era decirles: gracias. Muchas veces muchas gracias.

Ustedes embellecen el mundo. Estos 100 años le han hecho bien al mundo y a la sociedad. Y solamente Dios sabe cuántas personas encontraron en ustedes una sonrisa; cuántas personas encontraron en ustedes un consejo adecuado; cuántas personas que están aquí habrán llegado a la Iglesia a través de ustedes, de su testimonio.

Gracias. Muchas veces muchas gracias.

Y también pensaba en esta maravilla de ser fuente de alegría. Cuando llega María, el niño saltó de alegría. Y realmente esta es una comunidad que es fuente de alegría. Fuente de alegría en los colegios, fuente de alegría en las obras sociales, una gran fuente de alegría en el Movimiento, en el cual muchas personas han encontrado un hermoso camino para encontrarse con Jesús, para encontrarse con la vida cristiana, para encontrarle sentido a su vida, para darse cuenta de que Dios sigue actuando en la historia.

¿Y esa alegría de dónde viene? De confianza. Nosotros, los católicos, vivimos de una confianza. Vivimos en una confianza que es una certeza: Dios estará con nosotros hasta el fin de los tiempos. Nada nos va a separar de esa promesa, porque viene del Señor.

Por lo tanto, a pesar de que ustedes mismas decían, en el momento del perdón, aquellas cosas que pudieron haberse hecho mejor, que confiaron más en ustedes que en Dios, todo eso es nada frente a la promesa: “Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos”, y nada nos va a separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.

Dios quiera, hermanas, que este sea un día donde se fortalezca su fe; que sea un día donde se fortalezca la esperanza; que sea un día donde se fortalezca el amor, la caridad y, sobre todo, ese profundo anhelo que tienen de vivir la santidad en la vida cotidiana.

Porque otra de las grandes características que tienen las hermanas es que no pretenden hacer nada extraordinario. Lo dicen textualmente. Pero lo ordinario quieren hacerlo extraordinariamente bien.

Creo que esa es la vida cristiana en su mayor profundidad: hacer bien la vida cotidiana en el prójimo. El prójimo que tenemos a nuestro lado. El prójimo que puede ser nuestro vecino, que puede ser una tía que no vemos nunca, que puede ser la abuelita que está abandonada. El prójimo.

El prójimo es ese lugar más teológico para nosotros. Como lo vivió la Virgen María, que, llena de Dios, embarazada de Dios, fue a visitar a su prima Isabel y fue fuente de alegría.

Gracias, hermanas, por su trabajo silencioso, pero muy fecundo en la Iglesia. Gracias por esta celebración, que me consta que se ha hecho con un cariño enorme, con un amor enorme, que a mí, al menos, me obliga a intentar vivir la espiritualidad que ustedes han descubierto por gracia de Dios.

Al Señor le damos honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.